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La ansiedad y yo: el trastorno de ansiedad generalizada

La ansiedad me ha ayudado, sin duda alguna, a sobrevivir. A mí y a todo el mundo. Necesito la ansiedad porque necesito prepararme para huir cuando hay peligro. Necesito estar alerta. Necesito preocuparme ante situaciones que pueden suponer daño para mí o los demás. 

Sin embargo, hace tiempo que mis situaciones de peligro se convirtieron en algo cotidiano. Se quedaron a vivir en mi cabeza y ahora, hasta las cosas más mundanas me despiertan esa preocupación. Esa activación. Ese miedo. Esas ganas de salir corriendo. No sé si alguien más sentirá lo mismo. Desde que trabajo en salud mental entiendo que cada persona es un mundo y vive los síntomas de forma diferente, pero yo hoy vengo a hablaros de los míos. Y si podemos sentirnos comprendidos y acompañados entre todos, mejor que mejor. 

You see, my sweet innocent children, Mommy has a mental illness that plagues her daily. It’s called generalized anxiety disorder, or GAD. It causes me to worry about nothing, to feel everything and to lose control of my emotions regularly. I feel my anxiety build up inside me like storm clouds forming in the sky. My outbursts of rage are the thunder and lightning releasing from the storm that rumbles inside me. You fear monsters in the closet or under your bed; Mommy fears the monsters in her mind.

Kristen K, en The Mighty

No recuerdo la primera vez que tuve un ataque de pánico. Tampoco recuerdo cuándo sentí por primera vez que mi ansiedad se desbordaba o que me estaba preocupando por situaciones que nunca llegarían a suceder. Si me preguntáis qué es lo que más recuerdo durante mi infancia y adolescencia al hablar de ansiedad es el dolor en el pecho. Casi puedo sentirlo solo con escribir esto. 

Nadie me tuvo que explicar qué era la ansiedad, porque mi madre vivía con ansiedad y depresión y yo ya sabía de qué iba el asunto. Para mí era mi forma de ser, así que nunca pensé que quizá podría necesitar ayuda, a pesar de que mi madre mi insistiese durante toda mi adolescencia. Pero fue justo en el último año de instituto en el que pedí esa ayuda que necesitaba, aunque en aquel momento, no recuerdo por qué, no le conté al psicólogo todo lo que él necesitaba saber, así que quedó en algo anecdótico.

Recuerdo que, durante mi adolescencia y la universidad, necesitaba quedarme en casa. Cuando vivía en el pueblo tenía que engañar a mis amigas. Les decía que tenía que hacer algunos recados o ayudar a mi madre. Pero en realidad me quedaba en casa. Necesitaba descansar. Estar sola. Y no sabia expresar eso de forma asertiva. En la universidad, al irme a vivir a una ciudad, ya no necesitaba poner excusas, pero sí que recibía comentarios sobre mi necesidad de estar sola o encerrarme un rato en mi habitación. Al final decidí irme a vivir sola, primero en una residencia y luego en un apartamento. Era como si estar con gente me drenase y necesitara «repostar» sola. 

También recuerdo que siempre acababa explotando. Controlar cualquier emoción me costaba mucho, sobre todo las relacionadas con esos pensamientos que rumiaba. Me costaba dejar de pensar en todo lo que podía ir mal y eso hacía que terminase explotando ante cualquier situación imprevista. Un mero cambio de planes, una actividad que nunca haya hecho, una conversación telefónica, quedar con amigas… todo acababa generando cierta ansiedad que terminaba sin saber controlar. 

salud mental

 

 

Al salir de la universidad, más de lo mismo. Poco a poco iba aprendiendo, pero la realidad era que me costaba horrores hacerlo y la mayoría de veces tendía a no enfrentarme a situaciones que pudieran generarme ansiedad. Eso implicaba evitar cosas demasiado cotidianas, así que al final, la solución que a priori parecía para mí más lógica, suponía aislarme o no hacer actividades que realmente necesitaba hacer. 

Hablar de mi salud mental en compartimentos es para mí complicado. Durante la mayor parte de mi vida he tenido depresión y eso es algo de lo que hablaremos en otro artículo, pero vivir con ansiedad y depresión es una montaña rusa. Puedes sentir tantas cosas contradictorias en una tarde que acabas cansada, como si hubieses corrido una maratón: la depresión te pide acostarte un rato pero la ansiedad te dice que no vales nada si no trabajas. Cuando estás trabajando sientes un vacío interno que te asusta y decides descansar, pero de nuevo comienza la ansiedad a presionarte. Sabes que necesitar salir pero tu ansiedad dice que hoy no puede soportar estar con gente, ver gente o dar un paso fuera. Hay una lucha interna en cada decisión que tomas y, cuando consigues resolver la situación ya es tarde. Estás cansada. 

La segunda vez que fui a un psicólogo fue en el último año de carrera. Fui por mi primera depresión severa y tuve que mudarme antes de que la terapia funcionara, así que no trabajamos en mi ansiedad. Eso sí: me ayudó a salir un poco más y tener una rutina. 

Mi vida fue así, año tras año. Dando tumbos para ver qué me sentaba peor y mejor, sin poner nombre a lo que me pasaba pero sabiendo que pasaba algo. Viví en diferentes ciudades. Hacía nuevos amigos. Tenía nuevas aspiraciones. Pero no cambiaba nada. Mi montaña rusa seguía hacia delante y con cada subida y bajada acababa aprendiendo algo, pero también sufriendo demasiado. 

Hace unos cuatro años, me mudé a Barcelona y aquí conocí a mi psicóloga. Porque aunque ya no la veo (y eso es bueno) sigue siendo mía. Tuvimos feedback desde el primer momento. Las sesiones con ella tenían un equilibrio perfecto: me sentía comprendida, pero también me incomodaba con cosas con las que necesitaba incomodarme. Sí, tener feeling con tu psicóloga es necesario, pero la terapia no es un camino de rosas. No nos dicen lo que queremos escuchar. Pero nos acompañan en un camino y, sin duda, aprendemos a mirar la vida con menos incertidumbre. No por la compañía en sí, si no por lo que una acaba aprendiendo. Sin darte cuenta acabas conociéndote y siendo cada vez un poquito más autónoma. 

Trabajamos juntas pero nunca pusimos nombre a lo que pasaba (salvo a mi depresión). Avancé muchísimo, aprendí muchísimo y me conocí muchísimo. Me dio el alta y al tiempo volví a recaer, pero la recaída fue mucho más leve. Como si hubiera subido por una escalera y ahora, en lugar de caer desde el escalón 3 al descansillo, caía del 7 al 5. Por lo que realmente aún podía sostenerme y volver a subir poco a poco. Recuerdo que en esa recaída, deseaba luchar y poner nombre a muchas cosas. Cosas que daban miedo pronunciar pero que realmente necesitaba verbalizar. Luego, al Trastorno de Ansiedad Generalizada. Llevaba tiempo leyendo, a través de webs como The Mighty, a personas con TAG. Me sentía muy identificada con ellas. Era como si de pronto, al leer a otra persona, te sintieras tan identificada que duele. Así que un día, me senté delante de mi psicóloga, y le dije que necesitaba poner nombre a esto. No para definirme, si no para aprender sobre ello. Para conocerme un poco más. 

Y mencionamos a la vez esas palabras. Para mí, realmente, no fue significativo. Cuando vas a terapia a veces ya sabes cosas. Ya sabes ciertas respuestas. Pero aún así esperas a que tu psicóloga las diga. Y quitarse esa necesidad de validación de encima cuesta, pero se consigue.

La verdad, chiquis, es que sin haber pasado por todo lo que he pasado en mi vida, ahora no podría estar escribiendo esto. Y mirad, ojalá nada de esto hubiera pasado. Pero resulta que no soy la única a la que le pasa. Resulta que las vidas de ensueño no existen. Resulta que todos tenemos o vamos a tener en algún momento la salud mental tocada, con o sin diagnósticos. De forma leve, moderada, o grave. De forma temporal o permanente. 

Mi vida no ha sido perfecta, pero ha sido mía. Y estoy contenta porque ahora puedo contar esta parte de ella y, si es posible, que alguien se sienta identificada conmigo. Que sepamos que no estamos solas. 

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